Ponencia: Presentada por Luisa Fernanda Cortés Navarro. 03 de Junio de 2008


En el marco de observación del Proyecto "Pedagogías de Género", surge un especial interés por abordar los antecedentes y la situación actual del fenómeno de discriminación de género. Por ende y en aras de dinamizar el abordaje histórico de la presente ponencia hemos considerado fraccionarla en dos momentos.

Se pretende realizar un abordaje socio-histórico que permita un acercamiento a la situación de la mujer en el devenir del país, resaltando aquellos aspectos que resultaron determinantes en la configuración de la participación o en la invisibilización femenina. Para ello, la ponente Luisa Fernanda Cortés Navarro realizará un recorrido que comprende primordialmente los siglos XIX y XX, para el cual abordará fuentes primarias y secundarias que le sirvan de apoyo ilustrativo del contexto femenino a trabajar.


“La situación de las mujeres en América Latina ha estado determinada

por la interrelación de elementos étnicos, jurídicos, sociales, económicos

y religiosos, que se han conjugado en la construcción social y cultural

de su identidad”[1] .

La opresión y la discriminación de la mujer es un hecho histórico que traspasa todas las clases sociales, encontrándose firmemente arraigado en los principios que han representado a la sociedad colombiana como una de tipo patriarcal en la que tanto hombres como mujeres se encuentran comprometidos con la asimilación y la perpetuación de los roles pre-establecidos.

La situación social, económica y política de la mujer en Colombia ha estado marcada por múltiples factores estrechamente vinculados a su condición sexual; por ello es un hecho que pese a las diferencias de clase, de oficios o de ideología las mujeres constituyan un grupo social que ha sufrido la experiencia histórica de una posición secundaria en la Sociedad. Los criterios de valoración de lo femenino y la asignación al varón del ejercicio del poder en la vida social, económica, política y familiar han conducido a que el quehacer de la mujer "sea una presencia ausente en nuestro discurrir histórico[2]". De ahí que, las percepciones que expresamente la marginan de la vida pública, relegándola al ámbito doméstico, a la crianza de los hijos y a las economías del hogar y la moral han hecho de las mujeres opacas sombras en un pasado que no se nos presenta de forma nítida.

En la sociedad decimonónica, la mujer era considerada un objeto sagrado o de placer, pero a fin de cuentas, objeto. La sacralización de la figura femenina se dio bajo el patrón de la mujer "madre" y la mujer "Virgen", en donde la primera era aquella que una vez apartada del hogar de sus padres debía entregarse por completo a su nuevo hogar, siendo fiel y devota a las necesidades y disposiciones de su esposo y constituyéndose en una especie de esclava sumisa y obediente. La segunda correspondía al modelo de mujer casta entregada al amor del Señor, al dogma católico y a las disposiciones que para ella tuviese la comunidad religiosa a la que se adscribiera.

El segundo tipo de objetivación de la mujer corresponde a la concepción de la mujer como objeto de placer. Aquí también se presentaba una doble representación de este mismo fenómeno. Por una parte se encontraban las "mujeres del pueblo", indígenas y negras que eran tomadas como botín de guerra y objeto de posesión por parte de los invasores europeos esencialmente (ello hasta bien entrado el siglo XIX); y por otra parte se encontraban aquellas mujeres que se dieron al ejercicio de la prostitución que por entonces era considerada como “un mal necesario" socialmente aceptado, (fenómeno que desarrollaremos más profundamente al abordar el siglo XX)

Las mujeres del siglo XIX, totalmente convencidas de su rol como madres, hijas, hermanas y esposas sumisas desempeñaron sin embargo un rol decisivo en la conformación del núcleo familiar y en la dirección moral de la sociedad colombiana de cara a los grandes procesos de industrialización y de migración hacia las ciudades que vendrían más adelante. Como bien anota Patricia Londoño en su ensayo titulado "El ideal femenino del siglo XIX en Colombia", en nuestro país, “ (...) como en el resto del mundo occidental, durante la segunda mitad del siglo XIX se divulgó la idea de que el sexo femenino era un ángel tutelar, colocado al lado del hombre para guiarlo, consolarlo y fortalecerlo. Se dijo una y otra vez, de parte de hombres y mujeres, que el progreso moral de la sociedad dependía de ellas (...)”

No obstante, figuras como la del matrimonio lesionaron profundamente las libertades de las mujeres, constituyéndose en uno de los principales referentes de Discriminación de género en nuestra historia. En el año de 1859 el Estado de Cundinamarca es el primero en adoptar un código civil inspirado en el Código chileno redactado por Andrés Bello, en el mismo se otorgaban unos derechos patrimoniales mínimos a la mujer casada, quien al contraer matrimonio era trasformada jurídicamente en un ser incapaz, donde quien detentaba el verdadero y único poder sobre las decisiones, el patrimonio y en si la existencia de ella y de los hijos era el varón, quien también poseía la patria potestad de los hijos.

En cuanto a las mujeres solteras no habían prohibiciones de tipo expreso, no obstante en razón de su sexo, las costumbres tradicionalistas del país colocaban freno a la mayoría de sus aspiraciones. Empero, con la llegada de la industrialización del país en las primeras dos décadas del siglo XX el país requeriría que la mujer asumiera otro tipo de tareas que no necesariamente se vieron restringidas a la esfera del hogar y ello de la mano con el crecimiento de las ciudades estaría directamente relacionado con el auge del ejercicio de la prostitución, con la incursión de las mujeres campesinas y pobres en la actividad obrera o doméstica y con la "liberalización" de las mujeres de élite, que a su vez necesitaron con frecuencia cada vez mayor, de varias domésticas que realizarán las labores que ellas, por su ritmo de vida social no podían atender

Otros trabajos que se les permitía desempeñar a las tenían extrema importancia para el funcionamiento de la comunidad y el correcto movimiento del engranaje social, cultural y económico del país: maestras, telegrafistas, telefonistas, lavanderas, niñeras, empleadas domésticas, periodistas, escritoras, odontólogas etc. Podían ser empresarias independientes, si poseían el dinero y la iniciativa para ello; aunque todavía no podían elegir ni ser elegidas, es decir, carecían del derecho al voto y al acceso a cualquier cargo público. En ese sentido no eran ciudadanas. Tampoco lo eran las mujeres en ninguna parte, hasta antes de la Primera Guerra Mundial. Las sufragistas en Inglaterra, Europa y los Estados Unidos llevaban más de treinta años de ardua lucha por obtener el derecho al voto, sometidas a constantes persecuciones y humillaciones por parte de los varones que las consideraban mentalmente incapaces para participar en política.

Las primeras décadas del siglo XX son de una profunda agitación donde muchas colombianas participaron en la batalla por la igualdad de derechos entre los sexos. La personalidad más relevante es la de María Cano por tratarse de la primera que asume una posición política combativa y que actúa como agitadora feminista por los intereses de la clase trabajadora, en las calles, plazas, foros públicos o recintos cerrados. Su nombre y su vida adquirieron matices legendarios desde el día en que se la consagró en Medellín como “La Flor del trabajo”. Sin embargo otras mujeres que sonaron menos, hicieron tanto como María Cano por la reivindicación de los derechos femeninos. Manuela Ayala de Gaitán y Carmen Sanín Herrán fueron dos institutoras incansables, que fundaron colegios y universidades para dar a las niñas una educación óptima.

Con el inicio de la segunda Republica Liberal, comienza a debatirse en al país la problemática de la mujer. En 1930, la mujeres jugaron un importante papel en el triunfo electoral del liberalismo, ya que a pesar de que no gozaban de derechos políticos, salían a las plazas públicas a manifestar su apoyo al candidato Olaya Herrera. Después de más de cuarenta años de hegemonía conservadora, se vivía en el país un clima de expectativa frente a las reformas políticas, sociales y económicas que la situación nacional exigía. Entre ellas estaba el reconocimiento de los derechos civiles de las mujeres, los derechos patrimoniales de las casadas, como también su derecho a laborar, pues como es bien sabido, al casarse las mismas perdían su capacidad de libre contratación y la administración de sus salarios pasaba a manos de sus esposos.

En Diciembre del mismo año, se reunió en Bogotá el IV congreso Internacional Femenino, convocado por la liga Internacional de Mujeres Ibéricas e hispanoamericanas para honrar la memoria del libertador Simón Bolívar, organizado por Georgina Fletcher: En este punto hace su aparición una mujer de la que quisiera hacer mención: sea ella Ofelia Uribe, quien en aquella oportunidad sustento la necesidad de que las casadas tuvieran independencia económica y pudieran manejar sus propios bienes: "...El feminismo acaba de nacer en Colombia, como producto natural de evolucion, pero todavía son muchas las mujeres que retroceden espantadas ante la repentina aparición de esa palabra que viene a turbar su mísera condición de siervas humilladas, pero insensiblemente connaturalizadas con su papel de víctimas" [3] Finalmente las casadas obtienela capacidad para manejar sus propios bienes dentro del matrimonio.

Quise hacer referencia a la experiencia histórica de Ofelia Uribe, como evidencia de la manera en la que la sociedad colombiana, la clase política, la prensa tradicional y la historiografía nacional han desconocido esa parte de la historia nacional: la lucha de las mujeres por sus derechos.

En nuestro país pasarían veinte años antes de que, en la República Liberal, la reforma constitucional de 1936 aboliera la prohibición que no permitía que las colombianas ocuparan un puesto público, y otros veinte para que se les concediera el derecho al voto, teórico en 1954 y efectivo desde 1957. En el plebiscito del 1º de diciembre de 1957 las colombianas ejercieron por primera vez su derecho al voto; en las elecciones parlamentarias de 1958, Esmeralda Arboleda de Uribe fue la primera mujer que obtuvo un escaño en el Congreso de la República, como senadora.

Desde entonces, y en todos los campos de la vida nacional, las mujeres han venido ocupando el puesto que les corresponde y ejerciendo una cada vez más decisiva y decisoria influencia en los destinos del país. Si el Siglo XX fue el siglo en que la mujer alcanzó sus derechos políticos, no hay duda de que el siglo XXI será conocido como el Siglo de la Mujer. Un siglo en el que sabemos que hay derechos iguales para todos, que nos la jugamos por igual por vivir la vida con independencia y que no es suficiente la condición natural de ser mujer. Sigue siendo un desafío encontrar coherencia entre las palabras contenidas en la legislación y nuestro diario vivir.

BIBLIOGRAFIA. (1era ponencia)

· BONILLA, Elssie y Penélope Rodríguez (1992): Fuera del cerco: mujeres, estructura
y cambio social en Colombia. Bogota: Presencia.

· LONDOÑO, Patricia. "Las colombianas durante el siglo XIX". En Credencial Historia, Agosto de 1995. Bogotá.

· REYES, Catalina." Cambios en la vida femenina durante la primera mitad del siglo XX".En Credencial Historia, Agosto de 1995. Bogotá.

· VELASQUEZ, Magdala. "Condición jurídica y social de la mujer" en Nueva historia de Colombia. Volumen IV. Educación y Ciencias, luchas de la mujer y vida diaria. Editorial Planeta. Bogotá.1989.

  • VELASQUEZ, Magdala. "Las mujeres y la Propiedad; solo hasta el siglo XX son reconocidos sus derechos". En Credencial Historia, Mayo de 2002, Bogotá.

· VELASQUEZ, Magdala. "Ofelia Uribe de Acosta".En Credencial Historia, Agosto de 1995. Bogotá.




[1] BONILLA, Elssie y Penélope Rodríguez (1992): Fuera del cerco: mujeres, estructura y cambio social en Colombia. Bogota: Presencia.

[2] VELASQUEZ, Magdala. "Condición jurídica y social de la mujer" en Nueva historia de Colombia. Volumen IV. Educación y Ciencias, luchas de la mujer y vida diaria. Editorial Planeta. Bogotá.1989. pág 10.

[3] EL TIEMPO, Enero 1 de 1931